
Fotografías: Matías Miretti
Exceder los límites, sobrepasar aquel techo que nos han delimitado, que nos hemos determinado como barreras intransgredibles.
Automatizados, respondemos a cada situación desconociéndonos infinidades de veces. Quizás la felicidad estaba después de jugarsela. Por no violar los códigos, nos sometemos a la mediocridad de un conformismo por ser cómodos, por no tener las suficientes agallas para dar el salto.
Vencer los obstáculos, saltar la valla, ultrajar una parte de nuestra propia persona: tener la oportunidad de vivir intensamente sin esos prejuicios que nos imponemos y que muchas veces no nos dejaron sentir, pensar, actuar.
Descubrir aspectos que resultaban insospechables, dejar de socavarnos en lo fundamental engrandeciendo brutalmente lo efímero. La vida no es mensurable por los días que hemos estado aquí, sino por cómo hemos transitado ese tiempo.
Tiempo perdido, tiempo a la espera de, por si acaso, talvez. Nada cambia por sí mismo, nada se modificará en la vida sin que yo provoque los cambios.




























